Cuando salí de la empresa donde trabajé durante 26 años para dedicarme a dictar conferencias, un amigo me sugirió una corredora para tratar sobre un seguro de salud. Los llamé y fui muy bien atendido, hicieron varias planillas mostrándome las varias opciones y acabé eligiendo una de ellas, un plan empresarial Omint. Cerré el contrato en una reunión con los gerentes de la corredora y de la aseguradora. Claro que no leí las decenas de cláusulas en minucias, pero fui preguntando y ellos respondiendo resolviendo mis dudas. Elegí uno de los planes, tan caro que hiere, y acordé con ellos que después de un período yo decidiría si permanecía en aquel plan o bajaría de categoría.
- ¡No hay problema!
Cerré el contrato. Al recibir los documentos para firmar vi que fui clasificado como “obeso”, lo que colocó dentro del periodo de gracia cualquier complicación que pudiese ser atribuida al exceso de peso. Un absurdo. Estoy fuera de forma, pero de ahí a ser “obeso” tiene por lo menos un gordo de distancia. Pero lo disculpé. Cerramos el plan en abril. En junio completé los 54 años y recibí la segunda sorpresa: un aumento gigantesco, absurdo, indecente, por “cambio de categoría”. Llamé a la corredora para reclamar y la respuesta fue protocolar:
- Está en el contrato.
Después de tres meses de experimentarlo sentí que el plan era un exceso y solicité a la corredora un estudio para la reducción de categoría. Una sorpresa más: modificaciones, sólo en el aniversario del plan, de allí a nueve meses.
- Ta nel contrato.
Nueve meses después, retomo al asunto para tener otra sorpresa: la Omint no acepta reducir, sólo aumentar.
- ¡Pero nosotros acordamos en aquella reunión…!
- Ta nel contrato.
Y aquí estoy, con mi abogado, iniciando un litigio con la Omint. ¿Y el corredor? Se lavó las manos, a final de cuentas todo “ta nel contrato”...
Prácticamente al mismo tiempo conseguí un corredor para el seguro de mi auto. El criterio fue buscar alguien que estuviera cerca de mí. La atención fue tan buena como la del corredor del plan de salud, pero después de cerrado el contrato las cosas comenzaron a diferenciarse.
Mi corredor del seguro de automóvil – el dueño de la empresa – me llama de vez en cuando. Me hace sugerencias sobre qué y cómo hacer para aprovechar oportunidades. Me muestra las planillas de cálculo, se ofrece para buscar mejores negociaciones y ha obtenido reducciones en los valores que pago anualmente. Cuando pensé en cambiar de automóvil, ¿Quién fue la primera persona a la que llamé? ¡Fue a él, claro! Recibí sus consejos sobre los carros que están con problemas de piezas de reposición, los que tienen mantenimiento caro y aquellos con seguro más bajo.
¿Vio la diferencia? El corredor del seguro de automóvil se convirtió en mi consultor, el tipo al que llamo con placer para tomar un café e intercambiar algunas ideas. Lo recomiendo a todo el mundo. Claro que estamos involucrados en un negocio, pero él demuestra con hechos querer mi beneficio. El corredor del seguro de salud es sólo un intermediario con una respuesta burocrática: “tá nel contrato”. Él sólo quiere mi dinero.
Efectivamente, mi estimado, existen corredores y Corredores. Uno presta servicio. El otro presta servicio que sirve.
Uno continua conmigo. Al otro lo mandé a la pita que se partió.
Mi contrato personal tiene esa cláusula.
Luciano Pires
Traducido al castellano por Walter Casas (waic22@yahoo.com)
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Servicio que sirve
- Sex, 22 de Julho de 2011 14:36
- Luciano Pires
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