Un conocido mío, también conferencista, famoso por las posiciones críticas y ácidas que siempre expuso, me comentaba que el mercado estaba muy malo y que él ya no era llamado por las empresas para dictar conferencia. Le argumenté que talvez se deba a la forma agresiva con la que él manifiesta sus opiniones, no dejando piedra sobre piedra. Que él “incendiaba puentes”. Se enojó mucho... Y pasó a alegarme aquella prédica tan característica de algunas vertientes ideológicas: de que él conservaba sus valores y que no hacía concesiones. Que prefería no ser llamado a tener que dictar conferencia sin poder decir lo que piensa, etc.
¿Usted conoce gente así? Yo conozco un montón...
Esa gente usa la estrategia que yo bauticé como “estrategia del fuego”: cuando no concuerda, ¡echa fuego! ¡Incendia! ¡Pelea! ¡Grita! ¡Patalea! No admite. Es como aquel guerrillero que duerme en la selva, sufre hambre, no se baña y de vez en cuando suelta un tiro, roba un camión y vocifera palabras de orden. No resuelve nada, pero mantiene “su integridad”. ¡Es bueno para lucirse!
Todo mundo, cuando es joven, es fuego: quiere cambios, no tiene paciencia, se arroja a las calles a defender sus ideas (o las ideas que le fueron implantadas por otros) con mucho vigor. Y a veces consigue una victoria, que raramente es sostenible. La estrategia del fuego tiene un problema grave: el enemigo la percibe tan pronto como siente el calor. O al ver el humo. Y lo peor: quien controla el viento, controla la fuerza y la dirección del fuego.
Conocí personalmente un diputado que me pareció íntegro y honesto. En determinado momento le pregunté porqué él no revelaba las historias peliagudas que todos sabemos que suceden dentro del Congreso, denunciando los nombres de los pillos. Y él me respondió:
- Luciano, para mí sería muy fácil coger el micrófono y prenderle fuego a la pradera, denunciando los fraudes y acusando a los responsables. Pero cuando haga eso, nunca más conseguiré aprobar un proyecto. El gran dilema es hasta donde puedo ser complaciente sin afectar mis valores.
El diputado fue pragmático: atacar el sistema frontalmente, con fuego, es sentencia de muerte. Es más efectivo adentrarse en él, para luego combatirlo. Esa es la estrategia que yo llamo “la estrategia del agua”: ella va ocupando los espacios poco a poco. Si una entrada se cierra aquí, ella encuentra un agujerillo más allá, contorna los obstáculos, toma la forma de los recipientes, penetra en el piso, se evapora y luego se precipita nuevamente... Para que sea contenida sería necesaria una barrera impermeabilizada, inmensa y costosa. Y el “enemigo” sólo la percibe cuando el agua ya le está humedeciendo el trasero.
No es ninguna novedad, ¿verdad? Grandes pensadores trataron sobre eso mucho tiempo atrás. Inclusive tenemos un ejemplo nativo: el PT fue fuego durante toda su vida y sólo conquistó el poder cuando adoptó la estrategia del agua, con el inefable Lulita paz y amor...
Vivimos en una sociedad que tiene reglas, que tiene leyes. Vivir sin reglas y fuera de la ley es algo inaceptable. Tampoco inteligente. Tenemos que jugar conforme a las reglas, lo que no quiere decir que no podamos quebrarlas para mantener la coherencia con nuestros valores y convicciones. La cuestión es ¿Cómo quebrarlas? ¿Cuál metodología usar? ¿Cuál estrategia?: ¿con fuego o con agua?
Recuerde: el fuego nunca prende en el agua. Pero el agua es lo que mejor apaga el fuego.
¿Sabe dónde radica el peligro? Nunca oí hablar de fuego contaminado. Pero de agua...
Luciano Pires
Traducido al castellano por Walter Casas (waic22@yahoo.com)
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Fuego o agua
- Qui, 17 de Março de 2011 16:21
- Luciano Pires
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