Algo que tenía programado hacer durante mi última visita a Nueva York era comprar un IPad en la tienda de la Apple en la Quinta Avenida. Claro que “comprar un IPad” es diferente que “comprar un IPad en la tienda de la Apple de la Quinta Avenida”. Puede ser que eso no signifique nada para quien no es fanático de la tecnología, pero para quien lo es, hace toda la diferencia. Es más o menos como comprar un Acarajé* allá en doña Dinha en Salvador o una imagen de Nuestra Señora allá en la Basílica de Aparecida, ¿Usted entiende, verdad? La tienda de la Apple en la Quinta Avenida es un icono de la innovación y visitarla es hoy una peregrinación obligatoria para los nerds y los semi-nerds de turno.
Recibí un consejo de unos brasileños que encontré en el hotel:
- Sólo tienen el aparato de madrugada.
Debido al éxito del IPad, encontrarlo en el modelo que uno desea es un desafío. Hice lo que me recomendaron y fui a la tienda alrededor de la medianoche. La encontré repleta, con centenas de personas mirando las ofertas. Encontré una mesa libre con un IPad en exposición y en el mismo aparato accioné el icono que llamaba a un consultor. Recibí el mensaje de que yo era el 8º en lista de espera y que dentro de algunos minutos el fulano de tal me atendería. Dicho y hecho. Pasado precisamente el tiempo previsto, maravillado veo llegar al asistente con el chaleco azul característico de la Apple y con aquella cara de nerd. Y los dientes podridos.
Sí, usted leyó correctamente, los dientes de adelante, de la fachada, con un hueco en medio y negros. Yo simplemente no conseguía quitar os ojos de los dientes del sujeto, ni siquiera para mirar el IPad.
Amigo, yo estaba en la tienda de la Apple, en Manhattan, en la Quinta Avenida, ¡Debajo de aquella famosa caja de vidrio! Me encontraba en el templo mundial de la tecnología, donde todo lo que el genio humano consigue producir de más avanzado estaba a mi alcance. Yo estaba frente a la quintaesencia de la evolución tecnológica. Pero el tipo que me atendía tenía el diente podrido. Él no era un nerd cualquiera vendiendo un producto. En aquel momento él era la Apple en persona. Quedé en estado de choque. Pero ¿Qué es lo que el estado dental del asistente tenía que ver con su competencia técnica? ¿El diente del asistente mudaría la calidad del IPad? ¿Lo dejaría más caro o más barato? ¿Impactaría de alguna forma en el rendimiento del aparato? ¿Cambiaría la sensación de “comprar un IPad en la tienda de la Apple de la Quinta Avenida”? Definitivamente no.
Pero aquellos dientes me causaron una pésima impresión. Fue entonces que la alarme de lo políticamente correcto sonó:
- ¡Prejuicio! ¡Prejuicio! Estás manifestando prejuicio contra un individuo odontológicamente perjudicado...
Reflexioné bastante y concluí: ¿Prejuicio? ¿En la tienda icono de lo mejor que existe en el mundo? ¿En la máxima expresión de la calidad y la preocupación con practicidad, innovación y design? ¡Prejuicio un carajo! Mi mala impresión con los dientes podridos del asistente no es pre ¡es juicio!
Bueno, ellos no tenían el aparato en stock. Volví al hotel aquella madrugada nuevayorquina sin mi compra realizada y sin algunas ilusiones, destruidas por el diente del asistente.
Compré mi IPad en la Best Buy.
(*) Bocadillo de la cocina afro-baiana (estado de Bahia), plato típico de la culinaria regional brasileña, hecho de masa de frijol panamito, frita en aceite de dendê, y que se sirve con salsa de ají, cebolla y camarón seco. [Nota del Traductor]
Luciano Pires
Traducido al castellano por Walter Casas (waic22@yahoo.com)
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Es el diente, asistente!
- Sex, 29 de Julho de 2011 14:38
- Luciano Pires
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