El ocho de abril de 2001 me encontraba a 4,300 metros de altitud, en un poblado llamado Dingboche – más bien dicho un amontonamiento de gente - en Nepal, en la ruta del Campo Base del Everest. Llegamos hasta allí después de pasar por el monasterio de Tiangboche, donde presencié la puesta del sol más fantástica de mi vida. Describo este emocionante momento en mi site www.omeueverest.com.br y en el libro y conferencia homónimos. En medio de aquel deslumbrante espectáculo reparé en un cerrito frente al imponente Everest. Le pregunté al guía:
- ¿Qué cerrito es aquel?
- Es el Island Peak, una montaña con 6,180 metros de altura...
¡El tal “cerrito” tenía el doble de la altura del pico más alto de Brasil! Perplejo, descubrí que yo estaba vivenciando una crisis de paridad.
Paridad quiere decir igualdad, equidad. Designa el proceso que usamos para entender el mundo. Por ejemplo, cuando vamos a comprar un carro, comparamos los atributos de la oferta (potencia, diseño, precio, consumo etc.) con todo lo que conocemos sobre automóviles. Practicamos un ejercicio de paridad. Y lo concluimos si el negocio es bueno.
Pero en la ruta del Everest, la paridad era imposible. No teníamos árboles, ómnibus, edificios, casas o carreteras. Nada familiar, que nos ayudase a hacer las comparaciones a las que estamos acostumbrados para determinar distancias, dimensiones y tiempo. Sin referencias, la inmensa montaña se convertía en un cerrito... Los veinte minutos que creíamos no llevaría “de aquí hasta allá”, demoraba dos horas.
Sin embargo, en una cosa la paridad estaba presente. Yo estaba en un lugar donde no existe un interruptor en la pared para encender la luz. La vida es mantenida por una estufa en el centro de la sala de las casas, cuyo combustible es estiércol seco. Las mujeres se bañan en una vasija en el umbral de la puerta que da a la calle. Los niños andan sin la parte inferior de la ropa, andan descalzas inclusive, a temperaturas bajo cero. Yo vi la miseria de una forma como nunca antes imaginé que la vería. Al retornar a Brasil, encontré al país sumergido en una gran discusión fomentada por el PT en campaña electoral: ¡éramos un país de miserables! Más de 40 millones de infelices abandonados. Investigué. Finalmente, ¿Cuántos miserables existían en Brasil? En un estudio de la Fundación Getúlio Vargas, hallé la cifra de 59 millones. En el programa Hambre Cero se contabilizaban 46 millones. En los documentos del PT, el número usado para elegirse: 44 millones. En un trabajo del IPEA – Instituto de Investigación Económica Aplicada, del Ministerio del Planificación, 22 millones. Y en un trabajo de la investigadora Sonia Rocha del IBRE – Instituto Brasileño de Economía, de la FGV, 16 millones...
Bien, 59, 46, 44, 22, 16, no importa. Nadie puede conformarse ni siquiera con la existencia de un miserable. Pero cuando oí la etiqueta “país de miserables”, inmediatamente practiqué la paridad. ¡Yo venía de testimoniar la miseria a 15 grados bajo cero! Y mi conclusión fue: comparado con el Nepal, somos un paraíso.
Cada día tengo mayor seguridad de que Brasil tiene sí un basurero. Pero por más que intenten convencernos, Brasil no es ese basurero. Sólo que para creer en ello es necesario tener con qué compararlo.
El punto de vista depende del punto.
Luciano Pires
Traducido al castellano por Walter Casas (waic22@yahoo.com)
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Depende del punto
- Sex, 08 de Abril de 2011 22:40
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