En 2003, cinco alpinistas montaron un campamento en el extremo sur de la Tierra del Fuego, en uno de los lugares más inhóspitos del planeta. El objetivo era escalar el Monte Sarmiento, una montaña poco explorada, con cerca de 2,400 metros de altura, famosa por su belleza y el peligro de su ascenso.
El resultado de la aventura fue la película Extremo Sur, que es excelente y merece ser vista. Un momento es especialmente tenso: cuando en vísperas de la ascensión el equipo se reúne para discutir las estrategias del abordaje a la montaña. En medio de la discusión uno de los alpinistas argentinos cambia el destino de la expedición al manifestar sus preocupaciones, arrojando dudas sobre la capacidad del equipo para escalar la montaña y afirmando que no seguiría adelante. La sorpresa del equipo al oír aquella voz discordante y negativa fue seguida por una discusión acalorada y por la destrucción de la armonía del grupo, que acaba desistiendo de la ascensión. La película muestra las opiniones de cada uno, sin ser conclusiva. Pero aquella secuencia de la destrucción de la armonía es impresionante.
Recientemente tuve una experiencia semejante mientras participaba en un workshop. Después de una conferencia y entrevistas entre los participantes, el grupo se reunió para la evaluación diaria del evento. Era posible sentir la energía en el ambiente, las personas hablando enérgicamente, todos queriendo dar su opinión, aquella agradable sensación de que las cosas están resultando. Uno de los participantes pide la palabra y suelta lo siguiente:
- ¡Estoy profundamente insatisfecho con el comportamiento de uno de los grupos! No me gustó.
¡Suficiente! Fue como si alguien apagase un motor ruidoso y quedase todo en silencio. Era posible sentir disiparse la energía del grupo. Las ganas del grupo desaparecieron inmediatamente y todos se colocaron a la defensiva, a la espera de la continuación de la afirmación negativa del participante. Y el grupo no volvió a su estado inicial.
Estos dos acontecimientos tienen mucho que mostrar sobre nuestro papel cuando estamos envueltos en procesos de creación y ejecución, especialmente de ideas.
Es perfectamente posible defender un punto de vista contrario al de otra persona, siempre que usted esté atento a la forma que utilizará para expresarse. Cuando usted se va a los extremos, a lo negativo, la tendencia es “desconectarse el disyuntor” de su interlocutor. De allí para adelante sólo habrá confrontación.
Y, tal como gusto decir, en el mundo de hoy, la confrontación, la crítica e inclusive el odio son más socialmente aceptados que las expresiones de aprecio. Eso es muy malo, especialmente porque el aprecio es una actividad que crea valor. El aprecio energiza a las personas, hace con que ellas sobrepasen sus objetivos y límites percibidos. Cuando substituimos el aprecio por la negación, por la contrariedad, por el rencor, sólo quedamos con la confrontación que paraliza, intimida y canaliza la energía hacia la defensa. Y allí, todos pierden.
La próxima vez en que usted vaya a abrir la boca, piense si va a construir o a destruir.
Con aprecio,
Luciano Pires
Traducido al castellano por Walter Casas (waic22@yahoo.com)
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