Café Brasil

Sexta,18 Maio 2012

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Competencia Moral

Durante un almuerzo antes de una de mis conferencias, mi amigo Nelson Bastos contó que fue a los Estados Unidos de vacaciones. En el itinerario, “fui con mi hijo a ver un partido de básquet de la NBA en Orlando, en el Amway Arena, un espectacular coliseo deportivo”. Aún en Brasil, Nelson compró las entradas a través de Internet y se embarcó rumbo a Nueva York. El día de dirigirse a Orlando, una nevasca impidió el vuelo y ellos se perdieron el juego. Ante lo inevitable, Nelson hizo lo que todos nosotros brasileños hacemos: se conformó.



Algunos días después, ya de vuelta al Brasil, él recibió un e-mail de la compañía administradora del Amway Arena diciendo que percibieron que él no asistió al partido en mención. Y que gustarían de saber la razón para ello. Sorprendido, Nelson relató lo sucedido. Más sorprendido aún, recibió una respuesta diciendo que la entrada que él había comprado incluía un seguro para casos así. Y le preguntaron:

- ¿Gustaría usted hacer uso del seguro?

Nelson concordó y recibió por correo un cheque de aproximadamente 120 dólares, cubriendo el perjuicio con el cual él ya estaba conformado.

¡Caramba! Para nosotros que tenemos que liarnos a golpes para conseguir sacar al “paracaidista” de nuestra butaca numerada, la que adquirimos en los principales estadios de Brasil pagando una pequeña fortuna; que tenemos que usar un sanitario inmundo; que tenemos que propinar generosamente al guardador de carros para que no raye nuestro automóvil; que corremos riesgo de vida cada vez que vamos a un estadio por causa de los hooligans nativos, el relato del Nelson es pieza de ficción. Y científica.



Esta historia tiene mucho que decir sobre la competencia técnica y profesional de los norteamericanos. Alguien allá creó un programa capaz de percibir que Nelson no asistió al juego. Probablemente el mismo programa halló sus datos en la información consignada al momento de realizar la compra de las entradas y, automáticamente, disparó un e-mail averiguando la razón. Y ante la explicación, que debe haber sido leída por una persona de carne y hueso, ese alguien no dudó en ofrecer el resarcimiento, aún sin Nelson solicitarlo. Es más, él desconocía el asunto del seguro... ¿No es fantástico?

Efectivamente. Pero ¿Sabe lo que realmente me llamó la atención? No fue la competencia técnica o profesional. Fue lo que yo llamo “competencia moral.”

Alguien tomó la decisión moral de resarcir a quien fue perjudicado, lo que de cierta forma es de esperarse. Por tanto, la verdadera trascendencia de la decisión fue moral: No vamos a esperar a que la persona reclame, vamos a anticiparnos y avisarle que tiene derechos y preguntarle si quiere valerse de ellos.



¿Consigue usted imaginar una situación parecida aquí en Brasil?  Deje de lado la cuestión estructural, si tenemos o no computadores y gente capaz para implementar un proceso idéntico. Concéntrese en la pregunta que realmente interesa: ¿Tenemos acaso la competencia moral para respetuosamente advertir a la persona sobre los derechos que ella tiene? ¿O vamos a optar por lo de siempre: “No digamos nada. Ni siquiera lo va a percibir”?



Así pues. Competencia técnica y profesional es alcanzable, el dinero las puede comprar. Pero competencia moral… Ah! eso viene de allá, de un lugar adonde el dinero no alcanza.

Por eso mismo es que demorará un poco hasta que lleguemos allá.


Luciano Pires

Traducido al castellano por Walter Casas (waic22@yahoo.com)
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