En septiembre de 2009 escribí un artículo llamado “Chiquinho y el Loki” en el que contaba que en 1979, próxima a mi estudio había una escuela de música y danza. Yo quería una actividad física que me diese placer y la danza parecía una buena idea. Al matricularme conocí al dueño de la escuela: Francisco Florentino Rodrigues, alias Chiquinho. No demoré en descubrir que Chiquinho era un corazón con una persona batiendo dentro... Hicimos una amistad muy fraternal. Vivimos juntos y pasamos por momentos inolvidables. Chico siguiendo su vida como músico, tocando en bandas, haciendo jingles y componiendo. Y yo tentando convertirme en dibujante.
El tiempo y las prioridades nos separaron. Poco nos veíamos, pero tenemos aquel tipo de amistad que no necesita de la proximidad física. Tan sólo el hecho de saber que “él está allí” basta para traerme confort, ¿Usted entiende, verdad?
Cerca de año y medio atrás Chico desapareció. Su celular no atendía. Entonces recibí un e-mail de una amiga común: Parece que Chiquinho está internado en un hospital con un serio problema de salud. Chico es diabético y ya había sufrido un infarto. Fui corriendo asustado y descubrí que él estaba saliendo de treinta días en una UTI (Unidad de Terapia Intensiva) después de dos infartos más que comprometieron el 80% de su corazón. ¡Chico estaba muy mal! Corrí al hospital para visitar a mi viejo amigo y, al llegar, conocí a Ángela, que se presentó como ‘la enamorada de Chico’.
Desde entonces hasta ahora Chiquinho vivió un calvario, con agua en el pulmón, insuficiencia renal, infección hospitalaria, catarata y continuadas internaciones. En casi dos años, debe haber pasado la mitad de ese tiempo internado. Y Ángela siempre a su lado.
Chico con 56 años, diabético, infartado, pobre, bajito, calvo y feo. Y Ángela con 37, una bella mujer llena de energía y dueña de una gran sonrisa.
Cuando se sucedieron los infartos y comenzó el calvario de Chico por los hospitales, mucha gente desapareció, pero Ángela se mantuvo a su lado. Puso su vida a un lado para dedicarse a Chiquinho, acompañándolo en todos los momentos, cuidando de él como cuidamos de quien amamos. Y gracias a Ángela Chiquinho estaba vivo.
La mañana del sábado pasado en Salto, pequeño poblado próximo a Sao Paulo, en una muy modesta notaria, fui padrino del matrimonio de Chiquinho y Angela. Emocionado vi a mi viejo amigo, con 22 kilos menos, con los huesos apareciendo donde siempre hubo gorduritas y andando con fragilidad, mostrar aquel mismo viejo humor. Chico, a sus 59 años de edad, irradiaba felicidad. Y Ángela, a sus 40, tan feliz cuanto él.
Bien, el día 15 de octubre de 2011 me encontré una vez más con mi amigo Chico. En una horrible mañana de sábado, con lluvia y frío, me acabé en llanto mientras sostenía el asa del cajón y caminaba hacia el entierro de mi amigo. Mi amigo-hermano falleció la mañana del viernes, mientras dormía. Decidió que no valía más la pena vivir y dejó que su frágil corazón se detuviera. Con nadie habló, apenas eligió un final de semana para importunar lo menos posible a los amigos.
Devastado, la noche del viernes decidí prestarle un homenaje. Yo había comprado en 2007 un DVD de Oscar Peterson, recomendado en una crónica de Chico, quien admiraba al gran pianista. El DVD, importado, se mantuvo sellado en mi estante, a la espera del momento apropiado para ser visto. Decidí que mi homenaje personal a Chico sería visionarlo, repasando los recuerdos de los buenos momentos que vivimos juntos.
Abrí la cajita con cuidado, retirándole el sello, coloqué el DVD en el aparato reproductor y apareció un mensaje de error. Retiré el disco para darle una mirada cuidadosa y descubrí, cuatro años después de haberlo comprado, que el DVD estaba rajado. Roto.
¿Usted cree en coincidencias?
Efectivamente... Chico era así mismo, siempre tomándole el pelo a uno.
Pero, ahora, él no está más allí.
Luciano Pires
Traducido al castellano por Walter Casas (waic22@yahoo.com)
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Chiquinho
- Sex, 21 de Outubro de 2011 21:03
- Luciano Pires
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