Antes de dedicarme a las conferencias, podcasts, radio e Internet, fui ejecutivo de una multinacional. Por poco tiempo, tan sólo 26 años... En uno de los cambios de la empresa, allá por 1993, tuve la oportunidad de montar para mi departamento una oficina completa a partir de cero. Llamé a la arquitecta y le dije:
- ¡Sin paredes!
Y construí lo que fue durante algunos años la oficina de mis sueños. Todo mundo conectado, respirando el mismo aire, interactuando. Siempre gusté de la acción, gente hablando en voz alta y andando de allá para acá. Eso garantizaba un cierto caos creativo, adrenalina, empuje y la sensación de que las cosas estaban sucediendo.
El día de la mudanza surgió un impasse: ¿Dónde colocar los varios trofeos, placas conmemorativas, cuadritos y todo tipo de objetos que un día señalaron alguna premiación, conquista o celebración? No tuve duda alguna: compré una gran cesta de basura bien bonita y transparente y coloqué todos los trofeos dentro de ella, inclusive los nuevos. Y la puse bien a la vista, en la entrada del departamento. El personal lo halló extraño, pero luego entendió el mensaje: el éxito del pasado no garantiza el del futuro.
La semana pasada, limpiando mi bandeja de entrada hallé un e-mail:
“Hola Luciano. Sobre los libros presentados, no tuvimos luz verde de nuestro Consejo Editorial. Agradecemos su atención y estaremos a vuestra disposición. Atentamente, Fulana de Tal, noviembre de 2010”
Era una respuesta de la Editorial Saraiva, que me había sido recomendada por un conocido mío como una posible editora para mis libros. El recado implícito del e-mail era: “su trabajo no nos interesa”.
Diagramé el e-mail bien bonito, lo imprimí y lo mandé enmarcar. Mi asistente se desconcertó:
- ¡Pero Luciano, el contenido es negativo!
Efectivamente. Si aquellos trofeos en la basura mostraban que el éxito del pasado no garantizaba el futuro, ese cuadrito me recordará diariamente que hay gente que no gusta de mi trabajo, que el fracaso hace parte de mi día a día, que soy falible como cualquier ser humano. Que no estoy con todas las de ganar. Y cada vez que entre en mi oficina y me dé de cara con el cuadrito, voy a sentirme provocado y desafiado, y diré:
- ¿Ah sí? ¡Entonces les voy a mostrar!
Eso es lo que yo chamo “celebrar el fracaso”: aprender con nuestros obstáculos, transformar los momentos en los que chocamos contra la pared en nuevos puntos de partida. Recibir un “no” como un desafío. Invertir la señal, transformando lo que debería ser un factor desmoralizador, en una provocación capaz de incendiar nuestro espíritu y – por sobre todo – inspirarnos.
¡Caramba! ¡Llegó el cuadrito!
Déjame colgarlo en la pared.
Luciano Pires
Traducido al castellano por Walter Casas (waic22@yahoo.com)
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Celebrando el fracaso
- Sex, 29 de Abril de 2011 19:29
- Luciano Pires
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